La nueva Estrategia de Seguridad Nacional de EE. UU. bajo la administración Trump reinterpreta la Doctrina Monroe y sitúa a América Latina como eje de una política de “premios y castigos”, con recompensas económicas y militares para aliados ideológicos y amenazas de acción directa —incluidas navales— contra gobiernos considerados “recalcitrantes”, como Venezuela.
La NSS 2025, presentada esta semana, enmarca a América Latina como “profundamente estratégica” para la seguridad de EE. UU., cruzando tres vectores: migración, narcotráfico e influencia de potencias extra-regionales como China. En términos operativos, esto se traduce en un refuerzo del despliegue militar en el Caribe y acciones más agresivas contra embarcaciones venezolanas, que algunos analistas interpretan como preparación de un eventual escenario de intervención limitada.
En paralelo, Washington ofrece paquetes de apoyo financiero y alivio arancelario a gobiernos ideológicamente afines, como Argentina, El Salvador y Ecuador, mientras utiliza sanciones, aranceles y retórica de confrontación contra mandatarios como Gustavo Petro o Lula da Silva. El resultado es una región crecientemente fragmentada, donde la agenda de seguridad se superpone a la económica, reeditando lógicas de “gendarme hemisférico” con un barniz contemporáneo.
Para actores como China y Rusia, el giro norteamericano eleva el costo de su presencia en el continente, pero también puede abrir espacio para que presenten sus iniciativas —desde inversiones en infraestructura hasta cooperación militar— como contrapeso a un intervencionismo renovado.
Implicancias para Chile
Chile, con una política exterior tradicionalmente pragmática y un fuerte vínculo económico con China, queda en una posición delicada. Deberá gestionar la relación con un EE. UU. de tono más duro, que demanda alineamiento en temas de narcotráfico, migración y seguridad marítima, sin poner en riesgo su autonomía estratégica ni sus lazos comerciales con Asia. A nivel de defensa, el país podría verse presionado a profundizar su cooperación con el Comando Sur en ejercicios, interdicción marítima y lucha contra el crimen organizado transnacional.
A corto plazo, el escenario más plausible es una intensificación de operaciones navales y aéreas estadounidenses en el Caribe y el Pacífico oriental, junto con una mayor condicionalidad en la ayuda y financiamiento a la región. Un escenario de alto riesgo es que un incidente militar con Venezuela o actores no estatales derive en enfrentamientos de mayor escala, con efectos colaterales sobre rutas comerciales y estabilidad regional. El Radar seguirá siguiendo la pista a la “doctrina Donroe” y sus efectos sobre la autonomía latinoamericana.