Bombarderos estratégicos y cazas furtivos estadounidenses realizaron un ejercicio aéreo conjunto con Japón, mientras un portaaviones de EE.UU. atracaba en un puerto japonés, en respuesta a las patrullas combinadas de China y Rusia y a las mayores maniobras navales chinas del año, que desplegaron cerca de 100 buques del Mar Amarillo al Pacífico occidental.
El mensaje estratégico es nítido: en el noreste de Asia se está consolidando un ciclo de acción y contracción donde las patrullas conjuntas China–Rusia son respondidas con demostraciones de fuerza EE.UU.–Japón. El último ejercicio incluyó bombarderos B-52 y plataformas furtivas estadounidenses operando con cazas japoneses sobre el Mar de Japón, mientras un portaaviones estadounidense ingresaba a puerto en Japón, reforzando la idea de presencia permanente y capacidad de proyección rápida.
Esta dinámica se enmarca en unas maniobras invernales chinas sin precedentes: cerca de 100 buques de la Armada del EPL se desplegaron desde el Mar Amarillo, pasando por el Mar de la China Oriental y Meridional, hasta el Pacífico occidental, superando incluso el despliegue masivo de diciembre de 2024 que ya había elevado el nivel de alerta en Taiwán y Japón. Simultáneamente, en Washington la Cámara de Representantes aprobó un proyecto de defensa que financia un programa conjunto de drones con Taiwán, institucionalizando la cooperación en capacidades no tripuladas como pilar de disuasión frente a Pekín.
Para Chile, el Indo-Pacífico no solo es un vector comercial clave —por donde salen minerales, frutas y productos del mar—; es también el espacio donde se juega el equilibrio de poder naval del siglo XXI. El creciente protagonismo de drones, grandes ejercicios anfibios y operaciones combinadas plantea preguntas sobre el rol que pueden jugar marinas medianas como la chilena en operaciones multinacionales de seguridad marítima, en la protección de cables submarinos y en la vigilancia de rutas críticas, desde el estrecho de Magallanes hasta los corredores hacia Asia.
A corto plazo es probable que el bucle de demostraciones de fuerza continúe: nuevas patrullas combinadas China–Rusia, respuestas aéreas y navales de EE.UU. y Japón, y ejercicios de alta intensidad alrededor de Taiwán. A mediano plazo, la institucionalización de programas de drones y el avance de la interoperabilidad trilateral (EE.UU.–Japón–Corea del Sur) pueden transformar el teatro en un entorno donde la presencia continua y la capacidad de golpe rápido se den por sentadas. En ese contexto, Chile tendrá que decidir cuánto y cómo alinearse con iniciativas de “Indo-Pacific like-minded navies”, sin poner en riesgo su tradicional flexibilidad diplomática pero protegiendo sus intereses marítimos de largo plazo.