El 7 de enero de 2026, Taiwán informó que los ejercicios chinos “Justice Mission 2025” buscaron socavar el apoyo global a la isla, acompañados de desinformación y ciberintrusiones. Importa porque muestra un patrón: la coerción moderna combina movimiento militar, ataque informacional y presión tecnológica en una sola coreografía.
La señal central es la integración de instrumentos. El ejercicio no se mide sólo por buques y aeronaves, sino por sus efectos: disrupción de la aviación, ansiedad social, saturación informativa y erosión de confianza en liderazgo y fuerzas armadas. La capa cibernética y de desinformación busca “preparar el terreno” y probar umbrales de respuesta internacional, mientras se normaliza un entorno de hostigamiento persistente. En términos geopolíticos, Taiwán vuelve a ser un barómetro de competencia sistémica: cada episodio reordena cálculos de Japón, EE.UU. y socios regionales sobre escalada y disuasión.
Chile tiene intereses materiales: el Indo–Pacífico estructura comercio, rutas y precios, y cualquier escalada sostenida impacta seguros marítimos, tiempos logísticos y volatilidad. En clave de seguridad, la lección es doctrinaria: la defensa nacional requiere integrar ciberdefensa, comunicaciones estratégicas y resiliencia institucional como parte del mismo teatro que la defensa física. El “modelo Taiwán” anticipa cómo se puede degradar confianza pública sin cruzar umbrales de guerra declarada.
En 2026 es plausible un ciclo de ejercicios y respuestas diplomáticas, con picos informacionales en momentos políticos sensibles. Riesgo: subestimar que la desinformación opera como preparación de combate. Escenarios: (1) coerción persistente sin bloqueo; (2) bloqueo parcial y presión económica; (3) incidente militar con escalada rápida donde la ventaja inicial sea informacional y cibernética.