China ha realizado un wargame que contempla escenarios de combate en América Latina, mientras Estados Unidos sanciona a la empresa estatal venezolana EANSA por la compra y ensamblaje de drones iraníes, evidenciando que la región se convierte en espacio de competencia militar y tecnológica entre potencias.
Un análisis reciente detalla que un medio estatal chino difundió un juego de guerra en el que fuerzas de la PLA se proyectan sobre escenarios latinoamericanos, apoyadas en infraestructura dual —puertos, redes de transporte, instalaciones logísticas y capacidades espaciales— que China ha desarrollado en la región en el marco de su presencia económica. La mención explícita de capacidades logísticas y tecnológicas regionales como potenciales nodos de despliegue militar abre una discusión sobre la militarización indirecta de inversiones civiles.
Al mismo tiempo, el Departamento del Tesoro de EE. UU. anunció sanciones contra la Empresa Aeronáutica Nacional de Venezuela (EANSA), acusándola de adquirir y ensamblar drones de origen iraní. Washington considera que este programa refuerza capacidades de vigilancia y ataque con tecnología de un actor sancionado y potencialmente utilizable para fines regionales que preocupan a EE. UU. Estas medidas se insertan en un contexto de proliferación de acuerdos de seguridad entre Washington y varios países latinoamericanos, descritos por algunos análisis como una diplomacia de cañonera reeditada.
Para Chile, que ha tejido una relación económica intensa con China y mantiene vínculos de defensa históricos con Estados Unidos y otros socios occidentales, esta convergencia de señales plantea desafíos delicados. Por un lado, la eventual utilización de infraestructura regional con fines militares extrarregionales podría tensionar espacios de integración donde Chile participa y reconfigurar la arquitectura de seguridad hemisférica. Por otro, la proliferación de drones militares y sistemas ISR de origen extrahemisférico en países vecinos obliga a revisar las propias capacidades de vigilancia, defensa aérea de punto y ciberseguridad, además de los marcos regulatorios para adquisiciones y cooperación en tecnologías de uso dual.
De cara al mediano plazo, es probable que América Latina se consolide como teatro de “competencia por infraestructura”: puertos, redes digitales, acuerdos espaciales y sistemas de vigilancia, más que grandes bases visibles. Los riesgos pasan por la instrumentalización de crisis internas para justificar presencia militar externa, la triangulación de tecnologías sensibles vía terceros países y la fragmentación del consenso regional sobre no alineamiento. Chile se encuentra bien posicionado para impulsar, desde su política exterior y de defensa, estándares de transparencia y uso pacífico de infraestructura estratégica, pero ello exige también reforzar sus propias capacidades tecnológicas y de inteligencia para no quedar rezagado en un entorno cada vez más sofisticado.