Nuevos diagnósticos de amenaza en Dinamarca y Alemania, el avance de un proyecto de inteligencia propia de la Unión Europea y un fuerte apoyo ciudadano a una política común de defensa muestran a una Europa que acelera la construcción de un “escudo estratégico” ante Rusia… y también ante la incertidumbre sobre Estados Unidos.
El servicio de inteligencia de defensa danés advirtió que el país enfrenta más amenazas externas que en décadas, citando la acumulación de conflictos geopolíticos y las dudas sobre el compromiso de Washington con la seguridad europea. En su último informe, la agencia danesa incluye por primera vez a Estados Unidos dentro de su evaluación de riesgos, no como enemigo, sino como factor de incertidumbre estratégica, algo impensable en plena Guerra Fría.
En Alemania, el servicio de contrainteligencia militar (MAD) alerta de un incremento significativo de las operaciones de espionaje ruso ligadas a la guerra de Ucrania, con foco en instalaciones militares, industria de defensa y estructuras críticas. En paralelo, Berlín avanza en la integración de PEGASUS, su nueva plataforma aérea SIGINT, cuyo primer avión llegó hoy a territorio alemán para iniciar procesos de integración, pruebas y certificación. El sistema promete reforzar la capacidad alemana de captar, analizar y explotar señales electromagnéticas a larga distancia, aportando valor no solo a la Bundeswehr sino también a la OTAN.
En Bruselas, la Comisión Europea explora la creación de una unidad de inteligencia propia bajo la presidencia de Ursula von der Leyen, un paso que plantea preguntas sobre la soberanía de los Estados miembros, pero que responde a la necesidad de un análisis estratégico integrado a nivel comunitario. Al mismo tiempo, encuestas recientes muestran que casi ocho de cada diez europeos apoyan una política común de defensa y seguridad, uno de los niveles más altos desde que se mide esta variable. Todo esto ocurre mientras en Estados Unidos se profundiza la división interna en torno a Rusia y Ucrania dentro del propio Partido Republicano, alimentando la percepción de una OTAN más dependiente de la voluntad política de Washington.
Para Chile, la europeización de la seguridad y la inteligencia abre una doble ventana: por un lado, nuevas oportunidades de cooperación técnico-militar y de formación con actores europeos que buscan socios confiables; por otro, la necesidad de calibrar la relación con una OTAN que podría volverse más “autónoma” de EE.UU. en ciertos ámbitos. La experiencia europea en contrainteligencia frente a Rusia y en protección de infraestructuras críticas puede ofrecer insumos valiosos para mejorar la resiliencia de redes energéticas, portuarias y de comunicaciones chilenas.
La tendencia apunta a una Europa que, sin romper con la OTAN, busca reforzar su autonomía estratégica en inteligencia, capacidades ISR y defensa colectiva. A corto plazo veremos más inversión en sistemas como PEGASUS, mejoras en contrainteligencia y un debate intenso sobre los límites de una “inteligencia europea” frente a los servicios nacionales. Para Chile, seguir este proceso es clave para anticipar cambios en la política de exportación de material de defensa, oportunidades de cooperación en ciberseguridad y potenciales ajustes en las misiones de paz o de presencia avanzada donde participa personal chileno.