La cumbre de Alaska, entre el presidente de Estados Unidos, Donald Trump y su homólogo ruso, Vladimir Putin, hoy nos parece más lejana, de lo que podíamos imaginar a mediados del 2025, pero los efectos indirectos de ésta, definitivamente tienen un impacto en diversas áreas de nuestra vida.
El nombre “pursuing peace”, nos muestra un proceso en movimiento, que quizás, tuvo sus consecuencias posteriores, en los acontecimientos en Ucrania y el Caribe. En ese momento no podíamos prever que Trump daría un segundo golpe a Irán, envalentonados por el éxito del primero y las encendidas protestas contra el régimen del Ayatolá Jamenei, reprimidas sangrientamente en Teheran. Desde mi perspectiva lo anterior habría despertado el mesianismo de Donald y la inconmensurable necesidad de Netanyahu, de estampar su nombre en la historia de un pueblo sin paz.
Cuando los objetivos responden al deseo de ser deificados, los efectos de las acciones, comienzan a tener rasgos caóticos. Esta vez se enfrentan a la resiliencia, extremismo y planificada respuesta de Irán, que implicó atacar varias instalaciones petroleras de sus vecinos en Medio Oriente, además del cierre del estrecho de Ormuz. A primera vista Trump quiso aplicar la exitosa fórmula de Venezuela, para terminar con la dictadura de Maduro, pero distinto es el escenario en una cultura milenaria, con alto compromiso religioso y desarrollo de la ingeniería armamentista como Irán. De hecho, quizás esto fue advertido por Marcos Rubio y esa es la explicación de por qué las vocerías, en el conflicto en medio oriente, han estado casi exclusivamente a cargo de Trump. Claramente el poder militar de USA es infinitamente superior al de Irán, al igual que, el de Rusia respecto de Ucrania, lo que no sabemos, son los efectos de ambos conflictos, aunque el segundo caso está un poco más claro.
El mundo siempre ha estado repartido por áreas de influencia de los poderes hegemónicos, el factor novedoso en esta etapa de la historia, es China, la que luego del largo “siglo de humillación”, retoma un rol hegemónico mundial, del que había sido relegada a un segundo plano, después de miles de años de gobernanza imperial.
China, al reclamar, en diversos ámbitos, su perdido rol, ha dejado claro cuál es su área de influencia. Europa occidental, aun con la resaca de la ley Marshall y los subsidios de USA, creyó ingenuamente que todo marchaba como en 1990 y quizás confundió a Putin con Yeltsin. Mostrando una insuperable cantidad de errores geopolíticos, se abre paso hacia la irrelevancia, ya que, a primera vista, el poder hegemónico se divide entre USA, Rusia y China. Quizás producto de un error temerario de Trump, puso en problemas su propia influencia en el precio del petróleo, generando un gran malestar interno e internacional, lo que debilita sus posiciones, y provoca que su hegemonía, hoy se dispute en algunas zonas árabes y el bastión persa, pero con una alta probabilidad de haber hecho un buen negocio, a largo plazo, dado el contexto venezolano.
Nosotros, desde el fin del mundo, podemos mirar con distancia, pero debemos saber bien, bajo cual poder hegemónico vivimos.