Fue la “adquisición más importante de las últimas cinco décadas”, declaró el ministro de Defensa de Perú, Walter Astudillo, a principios de esta semana cuando confirmó la adquisición de 24 aviones de combate, que darán forma a la orientación de la estrategia de combate aéreo del país andino para los próximos 40 años.

“Tiene tres candidatos y ya hemos completado sitios en Estados Unidos, Suecia y Francia”, dijo Astudillo en una conferencia de prensa, agregando que el proceso de preselección incluye visitas que concluyen esta semana. La compra, dijo, no es solo una adquisición de armas, “es para ver con qué potencia o patrón de cooperación Lima alineará la política de defensa y exterior de este país”.

El ministro de Relaciones Exteriores, Elmer Schialer, hizo eco de esta visión, enfatizando que el objetivo era tener un sistema que asegurara disuasión, seguridad y al mismo tiempo, desarrollo nacional en un “entorno de paz y armonía en la región”.

Para el Gobierno de Dina Boluarte, esa inversión histórica se muestra como un paso necesario para recuperar la capacidad operativa de las Fuerzas Armadas, disminuida en los últimos años por la ausencia de modernización de equipos. El camino peruano no se trata solo de los aviones e incluye otros proyectos o adquisiciones complementarias como la fabricación de barcos en alianza con una gran empresa surcoreana. Con eso, se está formando una estrategia más amplia de modernización militar, una que se centra fuertemente en la recalibración internacional.

Las consecuencias para Chile

Y Chile no está dispuesto a permitirlo. Ya no somos la potencia aérea dominante en nuestra región del mundo como lo fuimos después de la compra de F-16 y el establecimiento de capacidades tecnológicas y logísticas a través de las cuales hemos podido sostener una fuerza que disuade. Pero una adquisición de la escala ahora anunciada por Perú ayudaría a cambiar algunas de las dinámicas de poder en el continente, y obligaría a Santiago a reevaluar sus propios planes de modernización y cooperación militar.

Además de la dimensión estrictamente técnica, el mensaje político es claro: Perú quiere consolidar su posición estratégica en la región y elevar su perfil como un actor importante a nivel global. Para Chile, la clave será mantener una relación diplomática fluida, fortalecer la confianza mutua y apostar por la incorporación de mecanismos de cooperación en seguridad que no terminen arrastrándose a una carrera armamentista que finalmente pesaría sobre los presupuestos fiscales y podría poner en peligro la estabilidad regional.

En conclusión, la adquisición de estos aviones no solo significa que Perú ha modernizado sus Fuerzas Armadas, sino que también redibujará el tablero estratégico sudamericano, donde Chile debe moverse con cautela, visión y una nueva política de defensa.

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