Chile y América Latina
La controversia en torno al proyecto de cable submarino transpacífico entre Chile y China, junto con las crecientes sospechas de Estados Unidos sobre el eventual uso dual del observatorio espacial chino instalado en el norte del país, evidencia cómo la competencia estratégica entre grandes potencias comienza a materializarse de forma directa en territorio chileno. Para Washington, ambas iniciativas —conectividad digital de alta capacidad e infraestructura de observación espacial— trascienden su dimensión científica o comercial, al poder integrarse dentro de ecosistemas tecnológicos con valor estratégico para la inteligencia técnica (TECHINT), el monitoreo satelital y la gestión de datos sensibles. Así, Chile emerge progresivamente como un nodo relevante dentro de la disputa tecnológica global entre Estados Unidos y China, trasladando al hemisferio sur dinámicas propias de la rivalidad geopolítica contemporánea.
El desafío para Chile no se limita a evaluar la viabilidad económica o científica de estos proyectos, sino a administrar sus implicancias estratégicas en un entorno internacional crecientemente polarizado. La coexistencia de inversiones tecnológicas chinas con relaciones históricas de cooperación en defensa y seguridad con Estados Unidos tensiona la tradicional política exterior pragmática del país, obligándolo a equilibrar apertura económica, soberanía tecnológica y confianza estratégica con sus aliados. Si las advertencias estadounidenses evolucionan hacia presiones diplomáticas, exigencias regulatorias o restricciones tecnológicas, Chile podría verse enfrentado a decisiones estructurales sobre gobernanza de infraestructura crítica y soberanía digital, confirmando que la competencia entre potencias ya no se define únicamente por capacidades militares, sino también por el control del espacio, los datos y las redes globales de conectividad.
En materia legislativa, para la primera semana del mes de marzo está citada la Comisión de Defensa Nacional del Senado, para analizar las implicancias en la seguridad nacional del proyecto de cable submarino Chile-China Express y las decisiones adoptadas por el Ejecutivo, considerando los efectos que estas puedan tener en las relaciones internacionales de Chile y en la protección de su infraestructura crítica. A esta sesión fueron invitados la Ministra de Defensa Nacional y el Subsecretario de Defensa.
Mientras tanto, la Cámara de Diputados citó a la Comisión de Control de Inteligencia. Será una sesión de carácter secreto con el objeto de recibir los informes de distintos organismos sobre el cumplimiento de los objetivos generales de sus gastos reservados correspondientes al segundo semestre de 2025.
Las instituciones que participarán son el Ministerio de Relaciones Exteriores, la Dirección Nacional de Fronteras y Límites del Estado, también lo hará la Agencia Nacional de Inteligencia.
Cuba
El progresivo endurecimiento de la relación entre Estados Unidos y Cuba responde a una recomposición más amplia de la política de seguridad hemisférica estadounidense, donde La Habana vuelve a ser observada no solo como un problema ideológico histórico, sino como un potencial punto de proyección estratégica de actores extra hemisféricos. En los últimos años, las preocupaciones en Washington se han concentrado en presuntas actividades de inteligencia, cooperación tecnológica y vínculos crecientes de Cuba con potencias como China y Rusia, lo que reintroduce lógicas propias de la competencia geopolítica en el Caribe. Bajo este enfoque, la isla adquiere relevancia no por su capacidad militar directa, sino por su valor geográfico y simbólico dentro del equilibrio estratégico cercano al territorio continental estadounidense.
Este escenario marca un desplazamiento desde una política centrada en la apertura gradual hacia una lógica nuevamente securitizada, donde sanciones, presión diplomática y vigilancia estratégica recuperan protagonismo. El riesgo principal no radica en una escalada militar convencional, sino en el aumento de fricciones en los ámbitos de inteligencia, ciberseguridad y presencia tecnológica extranjera, ámbitos que hoy definen la competencia entre potencias. En términos regionales, el recrudecimiento del conflicto EE.UU.–Cuba refuerza la percepción de América Latina como espacio de disputa estratégica, anticipando un entorno hemisférico más polarizado y menos predecible para los países que buscan mantener equilibrios diplomáticos entre múltiples socios internacionales.
Venezuela
El conflicto entre Estados Unidos y Venezuela entró en una fase cualitativamente distinta tras la operación militar estadounidense de enero de 2026 que culminó con la captura del presidente Nicolás Maduro y ataques coordinados contra infraestructura militar venezolana, marcando la intervención más directa de Washington en América Latina en décadas. Más que un episodio puntual, el hecho representa un cambio doctrinario: Estados Unidos pasó desde una estrategia basada en sanciones económicas y presión diplomática hacia una lógica de intervención coercitiva orientada a forzar una transición política y reconfigurar el control del sector energético venezolano. La operación, acompañada por despliegues navales y aéreos en el Caribe y por la posterior supervisión estadounidense sobre la apertura petrolera venezolana, evidencia que la crisis dejó de ser exclusivamente interna para transformarse en un asunto de seguridad hemisférica y competencia estratégica por recursos energéticos.
En términos regionales, la disputa EE.UU.–Venezuela redefine el equilibrio político y de seguridad en América Latina al reinstalar la posibilidad de acciones unilaterales bajo argumentos de estabilidad, lucha contra el narcotráfico o restauración democrática, generando divisiones entre gobiernos latinoamericanos y cuestionamientos sobre legalidad internacional. Mientras algunos actores respaldaron el cambio político, otros denunciaron una vulneración de soberanía y del orden multilateral, anticipando un escenario hemisférico más polarizado y con mayor militarización indirecta. El conflicto ya no se limita al destino político venezolano: funciona como señal estratégica hacia otros países de la región sobre los límites de alineamiento geopolítico y el rol que Washington está dispuesto a asumir para asegurar influencia energética y estabilidad estratégica en su entorno inmediato.
OTAN, Ucrania y Rusia
Durante las últimas semanas, la guerra entre Rusia y Ucrania ha entrado en una fase simultánea de intensificación militar y reactivación diplomática, marcada por ataques a gran escala y negociaciones aún inconclusas. Rusia ha continuado bombardeos masivos con misiles y drones contra infraestructura energética y urbana ucraniana, mientras prepara una posible ofensiva primavera-verano en el eje de Donetsk mediante artillería y guerra de drones. Paralelamente, Ucrania ha logrado avances tácticos limitados, recuperando varias localidades y demostrando que el frente permanece dinámico pese al desgaste del conflicto. En el plano político-militar, Kiev insiste en reforzar su defensa aérea y rechaza concesiones territoriales, mientras el conflicto entra en su quinto año con altos costos humanos, destrucción energética creciente y millones de desplazados internos.
En el nivel internacional, la guerra se consolida como un conflicto estructural entre Rusia y el bloque euroatlántico. La OTAN y aliados europeos han incrementado su apoyo militar —incluyendo paquetes de ayuda multimillonarios y planes para garantías de seguridad a largo plazo— mientras se discute incluso el despliegue futuro de fuerzas multinacionales o misiones de estabilización si se alcanza un alto el fuego. Europa ha asumido un rol más protagónico ante la presión estadounidense por negociar, mientras continúan conversaciones en Ginebra sobre garantías de seguridad respaldadas por EE.UU., aunque sin acuerdos definitivos. Al mismo tiempo, países europeos refuerzan su seguridad interna ante operaciones híbridas rusas y endurecen la aplicación de sanciones, evidenciando que la guerra ya trasciende Ucrania y se proyecta como un enfrentamiento estratégico prolongado entre Rusia y Occidente
Un incidente de interferencia electrónica contra un dron ruso cerca de un portaaviones francés evidenció el aumento de acciones en la denominada “zona gris”. Este tipo de eventos permite probar capacidades y reacciones aliadas sin cruzar el umbral de guerra abierta.
La guerra en Ucrania continúa transformando el modelo de adquisición militar occidental. Las autoridades aliadas reconocen que los ciclos tradicionales de compra resultan demasiado lentos frente a la velocidad de innovación observada en combate, especialmente en drones, software militar y guerra electrónica.
La OTAN avanza simultáneamente en el desarrollo de nuevas capacidades de vigilancia e inteligencia, reforzando sistemas ISR destinados a monitorear amenazas híbridas y proteger infraestructura estratégica.
Estados Unidos, Medio Oriente, Venezuela, Cuba
La semana cierra con el hito más disruptivo del periodo: EE.UU. e Israel ejecutaron una ofensiva coordinada contra Irán el 28 de febrero de 2026, abriendo un escenario de guerra regional con efectos sistémicos. Diversos medios reportan que el ataque fue masivo, con objetivos vinculados a liderazgo, defensas aéreas e infraestructura estratégica; Irán respondió con misiles hacia Israel y países del Golfo donde existen bases estadounidenses, elevando el riesgo de escalada por “teatro ampliado”.
En términos de cálculo estratégico, la operación representa el mayor “gambito” de política exterior del gobierno de Trump: el costo de reversión es alto, y el incentivo para ambas partes es moverse hacia campañas sostenidas (no episodios puntuales), especialmente si el conflicto se desplaza hacia la lógica de degradación prolongada (mando y control, energía, puertos, nodos logísticos, capacidades misilísticas).
Cuando EE.UU. se instala en un ciclo de operaciones de “semanas”, como ya anticipaban reportes previos, cambia el patrón global: suben los riesgos para rutas marítimas críticas y los seguros, aumenta la probabilidad de ciberataques y acciones no cinéticas como extensión natural del conflicto y se intensifica la presión sobre aliados (OTAN y socios en el Indo-Pacífico) para sostener la narrativa y la logística de guerra.
Si Irán abre un conflicto regional sostenido, el componente no cinético será estructural (no accesorio). Eso significa que el “teatro” incluye: infraestructura digital, telecomunicaciones, satcom, puertos, aeropuertos, cadenas de suministro y el espacio informacional.
En paralelo, el hemisferio occidental se tensiona por Cuba, donde convergen tres señales: Incidente armado transfronterizo: Reuters reportó que Cuba sostuvo un enfrentamiento con un speedboat registrado en Florida, y luego detalló incautación de munición y acusaciones de agresión/mercenarismo; el episodio se inserta en un momento de fricción creciente.
Otra señal es que existe un endurecimiento político y sancionatorio: diversas fuentes indican que Trump endureció sanciones contra Cuba tras la captura de Maduro en enero, elevando el costo económico y empujando un marco de “asfixia” que La Habana interpreta como hostilidad estructural.
También hay una señal de escalada discursiva desde Washington: se reportaron declaraciones del propio Trump sobre una eventual “friendly takeover”, que—más allá de lo retórico—funcionan como marcador político: incrementan la presión, reducen espacio de negociación y suben el riesgo de incidentes.
Cuba entra en un ciclo de securitización interna + narrativa de amenaza externa, con probables efectos: mayor control, mayor tensión migratoria y aumento de “incidentes grises” (provocaciones, operaciones de bandera, acciones de grupos exiliados no estatales).
Se espera que continúe el endurecimiento sancionatorio y aumenta el riesgo de nuevos incidentes “no estatales” (grupos exiliados / provocaciones) que cierren espacios de negociación.
En Venezuela, diversas fuentes han reportado la salida de asesores de seguridad cubanos y reacomodo de funciones sensibles (incluida la órbita de contrainteligencia), bajo presión directa de Washington para desarmar la alianza Caracas–La Habana.
Este movimiento es estratégico por dos razones: la primera dice relación con el control interno: sustituir asesoría cubana implica reconfigurar mecanismos de seguridad del régimen/post-régimen; y la otra razón es la proyección regional: cortar el flujo de apoyo y energía (petróleo) impacta la estabilidad cubana y refuerza el vector de presión de EE.UU. sobre La Habana.
Estamos asistiendo a una consolidación del rediseño del sector seguridad y una creciente disputa por el control interno, lo que puede provocar una fricción por activos relevantes como la energía y una reconfiguración de flujos hacia Cuba.
China, Taiwán y el Indo-Pacífico
El tránsito de un buque australiano por el Estrecho de Taiwán, seguido de monitoreo chino, reafirma la competencia por control narrativo y presencia militar en uno de los puntos marítimos más sensibles del planeta.
Investigaciones recientes revelan el uso de drones con señales de identificación falsificadas por parte de China, práctica orientada a dificultar la atribución y confundir sistemas de vigilancia adversarios.
Este tipo de tácticas anticipa un futuro donde la manipulación electromagnética será parte habitual del repertorio estratégico.
Finalmente, el equilibrio estratégico del Indo-Pacífico muestra una progresiva regionalización de la disuasión. Estados Unidos y sus aliados están reconfigurando doctrinas y despliegues ante el creciente alcance misilístico chino, mientras Japón, Australia y otros socios fortalecen cooperación en seguridad marítima, inteligencia y resiliencia tecnológica. Este proceso ocurre en un contexto ambiguo de distensión económica parcial entre Washington y Beijing, que coexiste con preparativos militares y fortalecimiento de alianzas defensivas, evidenciando que la competencia sino-estadounidense se estabiliza en un modelo de rivalidad prolongada. El resultado eas un Indo-Pacífico más militarizado, altamente interdependiente tecnológicamente y con mayor riesgo de escaladas híbridas antes que conflictos abiertos inmediatos.
Gaza y Medio Oriente
La situación de Gaza y Medio Oriente ha entrado en una fase de escalada estratégica mayor tras la apertura de un conflicto directo entre Israel, Estados Unidos e Irán, que redefine el equilibrio regional y desplaza el conflicto desde una guerra localizada hacia un escenario multinivel. La operación militar conjunta denominada Epic Fury incluyó ataques masivos contra infraestructura militar, nuclear y de mando iraní, provocando la muerte del líder supremo Alí Jameneí y parte de la cúpula de defensa iraní, lo que desencadenó represalias con misiles y drones contra Israel y países del Golfo que albergan fuerzas estadounidenses. Este giro marca el tránsito desde una guerra por delegación hacia confrontaciones interestatales abiertas, elevando el riesgo de expansión regional y afectando rutas estratégicas como el estrecho de Ormuz y el tráfico aéreo internacional.
En el plano operacional, Gaza continúa siendo un frente activo dentro de una guerra multidominio donde convergen operaciones militares, control territorial y presión humanitaria como instrumento estratégico. Israel mantiene dominio aéreo y operaciones intermitentes dentro del enclave, mientras el cierre de pasos fronterizos y restricciones logísticas refuerzan un modelo de control securitizado del territorio en paralelo al conflicto regional más amplio. La persistencia de ataques selectivos y la limitación del ingreso de ayuda consolidan un entorno de inestabilidad prolongada, donde la guerra en Gaza funciona como un componente táctico dentro de la confrontación mayor entre Israel y el eje iraní.
En materia de inteligencia, seguridad y ciberseguridad, el conflicto muestra una creciente integración entre operaciones militares y guerra informacional. Ataques guiados por inteligencia estratégica han permitido golpes de “decapitación” contra liderazgos iraníes, mientras actores aliados como Hezbollah expresan respaldo político y potencial capacidad de activación en nuevos frentes, manteniendo la lógica de guerra híbrida regional. Paralelamente, interrupciones en comunicaciones, cierre de espacios aéreos y degradación de redes reflejan el uso del dominio digital como herramienta de control operacional y psicológico, confirmando que Medio Oriente evoluciona hacia conflictos donde la superioridad informacional y tecnológica resulta tan decisiva como la capacidad militar convencional.
África
África atraviesa una fase de reconfiguración crítica de su seguridad regional, marcada por conflictos armados simultáneos, expansión del extremismo violento y creciente competencia geopolítica entre potencias externas. En el Sahel y África occidental, grupos yihadistas vinculados a Al Qaeda y al Estado Islámico han intensificado operaciones transfronterizas entre Benín, Níger y Nigeria, consolidando control territorial y elevando significativamente el número de ataques y víctimas, lo que evidencia el debilitamiento de las capacidades estatales y la transición desde insurgencias móviles hacia estructuras insurgentes permanentes. Este deterioro coincide con la reducción de presencia militar occidental y el ingreso de nuevos actores de seguridad, incluyendo cooperación con Rusia, configurando un entorno de seguridad fragmentado y altamente volátil.
En África oriental y el Cuerno de África, el conflicto sudanés continúa expandiéndose con operaciones combinadas que incluyen ofensivas terrestres y uso creciente de drones por fuerzas paramilitares, profundizando una guerra que ya presenta características de devastación masiva y desplazamiento regional. Paralelamente, Etiopía enfrenta un nuevo riesgo de guerra tras la reactivación de tensiones en Tigray y el reposicionamiento militar de Eritrea, generando un sistema de conflictos interconectados que vincula Sudán, el mar Rojo y las disputas por corredores estratégicos marítimos. Este escenario transforma la región en un nodo de competencia indirecta entre actores regionales y potencias externas, elevando el riesgo de guerras proxy y crisis humanitarias prolongadas.
En el ámbito de inteligencia, ciberseguridad y seguridad estratégica, África se consolida como un espacio emergente de guerra híbrida y disputa informacional. Redes internacionales han reclutado ciudadanos africanos mediante engaños digitales para participar en conflictos externos, evidenciando la utilización del ciberespacio como herramienta de movilización irregular y operaciones de influencia. Al mismo tiempo, organismos de seguridad advierten un aumento de amenazas cibernéticas, manipulación informativa y ataques a infraestructuras críticas, mientras varios países avanzan hacia modelos de cooperación regional y modernización tecnológica para enfrentar terrorismo, crimen transnacional y riesgos digitales. El resultado es un continente donde la seguridad ya no se define solo por conflictos armados, sino por la convergencia entre violencia irregular, competencia geopolítica y vulnerabilidad tecnológica estructural.