La semana cerró con tres ejes dominantes en la agenda de defensa y seguridad internacional: la expansión del conflicto entre Estados Unidos, Israel e Irán con impacto directo sobre el estrecho de Ormuz y los mercados energéticos; la persistencia de la guerra ruso-ucraniana, con Rusia intensificando ataques sobre infraestructura energética; y una aceleración de la competencia estratégica en Asia, donde Taiwán volvió a poner sobre la mesa un salto de gasto militar y nuevas autorizaciones para compras de armas a Estados Unidos. En paralelo, Europa siguió profundizando su reconfiguración militar e industrial, mientras África confirmó que la guerra con drones y la fragmentación armada siguen ampliando zonas de inestabilidad.
En Chile, la semana estuvo marcada por el cambio de gobierno, el reposicionamiento de la agenda de control fronterizo y seguridad territorial, la continuidad de debates sobre infraestructura crítica y defensa —incluido el trasfondo del cable Chile-China Express— y señales operativas de las instituciones armadas, como la planificación de seguridad para FIDAE 2026, procesos de reclutamiento y demostraciones de capacidades.
América Latina y Chile
El principal dato político-estratégico en Chile fue la instalación del nuevo gobierno y sus primeras señales en seguridad, incluyendo medidas orientadas a cierre fronterizo y control territorial en la macrozona norte, con un rol reforzado para las Fuerzas Armadas en el borde fronterizo más vulnerable con Bolivia. Eso sugiere una profundización del cruce entre defensa, seguridad interior y control migratorio, tendencia que ya venía madurando, pero que ahora adquiere forma ejecutiva más explícita.
En paralelo, Chile abrió una línea de coordinación con Estados Unidos sobre tierras raras y minerales críticos. Aunque es una noticia económica, su dimensión estratégica es evidente: los minerales críticos son hoy un insumo de seguridad nacional, industria de defensa, transición energética y autonomía tecnológica. Para Chile, esto refuerza su valor geopolítico, pero también lo expone más directamente a la rivalidad tecnológica entre Washington y Beijing.
En el plano institucional-militar, el Ejército avanzó con el proceso de selección del contingente 2026 y con la convocatoria de la tropa profesional; la Armada abrió nuevas postulaciones a la Escuela de Grumetes; y la FACh proyectó visibilidad pública y despliegue territorial con Expo FACH 2026 en Iquique. Son señales de normalización orgánica, pero también de reposicionamiento de imagen y captación de personal en un contexto donde la defensa necesita recomponer legitimidad y capacidades humanas.
En materia de protección de eventos críticos y seguridad tecnológica, Indra informó el despliegue de su sistema antidrones CROW durante la ceremonia de cambio de mando presidencial del 11 de marzo en Chile. El dato es relevante porque muestra cómo la amenaza de drones ya forma parte del estándar de protección de ceremonias de alta sensibilidad política e institucional, y anticipa exigencias mayores de defensa aérea de muy corto alcance en seguridad interior y resguardo de infraestructura crítica.
En el eje hemisférico, Venezuela siguió siendo el principal foco. Esta semana hubo dos señales relevantes: primero, el litigio en Estados Unidos sobre el uso de fondos estatales venezolanos para la defensa judicial de Nicolás Maduro, capturado por fuerzas estadounidenses en enero; segundo, la reunión de alto nivel entre Colombia y Venezuela para discutir seguridad fronteriza, narcotráfico, energía y comercio. El mensaje estratégico es que, pese al cambio abrupto en Caracas, la región entra en una fase de administración del vacío de poder venezolano más que de estabilización plena.
Para Sudamérica, esto implica un doble efecto: oportunidad para recomponer coordinación fronteriza, pero también riesgo de reacomodo de redes criminales y de inteligencia que operaban bajo el aparato chavista. La advertencia de la misión de la ONU sobre la persistencia del aparato represivo venezolano refuerza la idea de que la caída del liderazgo no equivale al desmontaje del sistema coercitivo.
OTAN, Ucrania y Rusia
La guerra en Ucrania volvió a escalar en la semana con un gran ataque aéreo ruso contra cinco regiones, incluyendo la zona de Kiev, con uso masivo de drones y misiles y con foco declarado por Ucrania en infraestructura energética. La señal militar es clara: Moscú mantiene la presión por desgaste sobre nodos críticos, intentando combinar degradación material, fatiga civil y sobrecarga de defensas aéreas.
En el plano estratégico, la presión rusa sobre el frente europeo coincide con una tensión estructural dentro de la OTAN: la alianza ha reiterado que seguirá apoyando a Ucrania pese a la crisis con Irán, pero al mismo tiempo se consolida la expectativa de una OTAN más europeizada y con menor disposición estadounidense a cargar en solitario con la seguridad del continente. Eso obliga a leer la guerra en Ucrania no sólo como conflicto territorial, sino como prueba de transición del sistema de seguridad occidental.
En inteligencia estratégica, la evaluación lituana sobre expansión de unidades rusas en la frontera de la OTAN sigue siendo una de las advertencias más importantes de la semana pasada y mantiene vigencia operativa: Rusia no sólo combate en Ucrania; también está generando masa militar con experiencia de guerra para un entorno de disuasión de largo plazo frente a la alianza.
En industria de defensa, el dato estructural fue el informe citado por Reuters según el cual Europa pasó a ser el mayor importador mundial de armas, absorbiendo 33% de las importaciones globales y elevando de forma persistente su inversión en combate aéreo y defensa antimisiles. Eso revela dos cosas: la guerra de Ucrania sigue reconfigurando la demanda militar europea y, pese al discurso de autonomía, Estados Unidos continúa siendo el principal beneficiario industrial del rearme europeo.
Estados Unidos, hemisferio occidental, Venezuela y Cuba
La política de defensa estadounidense sigue moviéndose hacia una lógica más transaccional, con foco en defensa del territorio, primacía del hemisferio occidental y exigencia de mayor carga a los aliados. Esa orientación, visible en la nueva Estrategia de Defensa y reforzada por el manejo simultáneo de Ucrania, Irán y Venezuela, tiene consecuencias directas para América Latina: Washington revalora el vecindario por razones de frontera, minerales críticos, rutas marítimas, crimen transnacional y competencia con China.
El caso venezolano es, en ese marco, una pieza de reposicionamiento hemisférico. Las discusiones judiciales en EE.UU. sobre Maduro y el restablecimiento de contactos diplomáticos parciales con Caracas bajo la presidencia interina de Delcy Rodríguez muestran una política pragmática: presión, control jurídico y reapertura selectiva para estabilizar energía y seguridad fronteriza. La reunión Colombia-Venezuela confirma que el problema ya no es sólo ideológico, sino de gobernabilidad territorial.
En ciberseguridad, el frente más sensible de la semana fue la advertencia sobre incremento del riesgo de represalias cibernéticas ligadas a Irán y el ataque atribuido por hackers proiraníes a la empresa médica Stryker. Aunque no es un hecho hemisférico puro, sí afecta directamente a infraestructura y empresas occidentales y refuerza la tesis de que el teatro digital es ya una extensión inmediata de la guerra interestatal.
Durante la última semana, Cuba volvió a exhibir señales de fragilidad estructural en su economía y en su sistema energético, con cortes eléctricos recurrentes y dificultades para asegurar suministro de combustibles, lo que ha incrementado el malestar social en varias ciudades de la isla. Paralelamente, el gobierno de Miguel Díaz-Canel ha reforzado su narrativa de “resistencia económica” frente a las sanciones de Estados Unidos, mientras busca ampliar márgenes de cooperación con actores como Rusia, China e Irán en materias energéticas, tecnológicas y de seguridad.
Desde una perspectiva estratégica, Cuba continúa funcionando como un nodo político relevante en el Caribe para las disputas de influencia entre Washington y los actores euroasiáticos. Aunque su capacidad militar convencional es limitada y su economía atraviesa una de las crisis más profundas desde el “Período Especial”, la isla mantiene valor geopolítico como plataforma simbólica y diplomática para alianzas anti-sanciones y cooperación en inteligencia y seguridad regional.
China, Taiwán y el Indo-Pacífico
La principal señal de la semana en el Indo-Pacífico fue la autorización parlamentaria en Taiwán para destrabar contratos de armas con Estados Unidos por US$9.000 millones, junto con la defensa pública de un presupuesto militar especial por US$40.000 millones formulada por el presidente Lai Ching-te. Eso no significa en ningún caso una guerra inminente, pero sí una aceleración del acoplamiento entre la estrategia taiwanesa de “negación” y la doctrina estadounidense de reparto de cargas.
En paralelo, análisis recientes sobre China y Taiwán destacan un lenguaje más duro de Beijing sobre la isla y un crecimiento sostenido del gasto militar chino aun con desaceleración económica. El patrón es inequívoco: China sigue comprando tiempo político, pero no está frenando su preparación estratégica. Para la región, eso mantiene alta la probabilidad de coerción gris —bloqueos parciales, presión aérea y naval, guerra informacional— antes que una invasión inmediata.
En el plano tecnológico, Washington retiró esta semana una regla prevista para exportaciones de chips de IA. Aunque el movimiento es regulatorio, impacta directamente la competencia estratégica con China: el control de semiconductores avanzados sigue siendo un instrumento de poder nacional, no sólo de política comercial. Ese tipo de ajustes será observado de cerca por Taipei, Seúl, Tokio y también por países exportadores de minerales críticos, entre ellos Chile.
Gaza y Medio Oriente
La agenda regional quedó absorbida por la guerra entre Estados Unidos-Israel e Irán, que esta semana avanzó hacia una fase de presión sobre infraestructura energética y tráfico marítimo. Se informó sobre ataques estadounidenses sobre objetivos militares en la isla de Kharg, nodo por el que pasa alrededor de 90% de las exportaciones petroleras iraníes, mientras Teherán mantuvo la amenaza sobre el estrecho de Ormuz. La implicancia estratégica es mayor: el conflicto dejó de ser sólo militar y pasó a afectar la arquitectura energética global.
La ONU advirtió esta semana sobre el impacto humanitario de las restricciones y riesgos en Ormuz para el tránsito de carga esencial. A eso se suma el refuerzo de presencia militar occidental en el Mediterráneo oriental y el Golfo, mientras en Washington ya afloran pugnas internas sobre cuánto prolongar la guerra. El conflicto, por tanto, entra en una etapa de incertidumbre estratégica: ni victoria decisiva ni salida diplomática clara.
En el frente israelí-libanés, Israel anunció expansión de operaciones tras nuevos ataques de Hezbollah, y la milicia libanesa estaría retornando a tácticas de guerrilla ante la posibilidad de una invasión terrestre más amplia. Esto amplía el teatro bélico y reduce el margen para contener la guerra al territorio iraní.
Respecto de Gaza, en algunos informes se consignó que el cese del fuego entre Israel y Hamas se mantiene desde octubre, aunque bajo violencia intermitente y dentro de un entorno regional cada vez más volátil. La declaración de Hamas pidiendo a Irán no atacar a países vecinos es reveladora: incluso actores alineados con Teherán perciben que una expansión indiscriminada del conflicto puede erosionar sus propios márgenes de maniobra.
África
África mantuvo esta semana dos focos principales: Sudán y el este de la República Democrática del Congo. En Sudán, Reuters reportó un nuevo ataque con drones sobre el mercado de Adikong, en la frontera con Chad, con al menos 11 muertos y más de 20 heridos. La guerra sudanesa confirma una tendencia que ya no es secundaria: la dronización del conflicto africano está elevando la letalidad contra civiles y debilitando toda separación entre frente militar y retaguardia humanitaria.
En la RDC, AP informó que ataques con drones y nuevos choques entre fuerzas congoleñas y M23 están minando los esfuerzos de paz. La dimensión estratégica va más allá del conflicto local: la zona sigue conectada a corredores mineros críticos y a competencia indirecta entre actores externos. Cuando los acuerdos se entrelazan con acceso a minerales, la línea entre pacificación y reparto de influencia se vuelve más difusa.
En el Sahel, Reuters reveló que Estados Unidos está cerca de un acuerdo con Mali para retomar operaciones aéreas y de drones de inteligencia contra grupos yihadistas. Eso sugiere que, pese al retroceso occidental en varios países sahelianos, Washington no está renunciando al teatro, sino mutando a una presencia más ligera, basada en ISR, cooperación puntual y gestión de riesgos transfronterizos.
