El Estado Mayor Conjunto de Chile completó esta semana su participación en Cyber Tatanka 2026, el ejercicio de ciberdefensa de infraestructura crítica más importante de Estados Unidos, realizado entre el 1 y el 7 de junio en la Universidad de Nebraska-Lincoln. El equipo, integrado por personal del Ejército y la Armada, operó junto a militares, agencias gubernamentales, industria y socios internacionales en simulaciones de ataques reales sobre sistemas críticos. No fue un ejercicio de escritorio: fue entrenamiento de combate digital en entorno controlado pero con consecuencias reales si las respuestas fallan.

La participación chilena no es nueva — el país lleva varios años concurriendo a Cyber Tatanka — pero su continuidad y regularidad dice algo sobre la dirección estratégica que está tomando la defensa nacional. En un momento en que Chile enfrenta una oleada de ataques de ransomware contra sectores como telecomunicaciones y construcción, y en que la Fiscalía Metropolitana investiga incursiones de actores extranjeros malignos sobre infraestructura crítica, la formación en escenarios de respuesta a incidentes reales deja de ser una actividad de nicho para convertirse en una necesidad operacional.

Cyber Tatanka fue diseñado bajo una lógica precisa: “tu cuerpo no va donde tu mente no ha estado antes”. La frase pertenece a Timothy Pospisil, director del ejercicio, y resume la filosofía de un entrenamiento que busca que quienes deban responder ante una crisis cibernética real ya hayan vivido algo equivalente. En ese contexto, el valor para Chile no es sólo técnico. Es la construcción de confianza con contrapartes estadounidenses, el acceso a inteligencia de amenazas en tiempo real y la incorporación de estándares y procedimientos que permiten interoperar con aliados cuando el incidente ocurra.

Lo que Chile está haciendo en Nebraska es parte de un patrón más amplio. En paralelo, la Armada participó en el ejercicio multinacional Guardián Cibernético 7.0, y el gobierno avanza en la implementación de la Ley Marco de Ciberseguridad, que crea la Agencia Nacional de Ciberseguridad e impone obligaciones reforzadas a los denominados Operadores de Importancia Vital. La lógica es la misma: construir capacidad antes de que la crisis llegue, no después.

El desafío pendiente es la articulación. Chile tiene hoy múltiples capas de defensa cibernética — militar, civil, regulatoria — que operan en paralelo pero cuya integración efectiva aún está en construcción. La Ley N°21.821, publicada recientemente, da un paso en esa dirección al incorporar a la Agencia Nacional de Ciberseguridad como organismo colaborador del Sistema de Inteligencia del Estado, junto a la Unidad de Análisis Financiero, Aduanas y el Servicio de Impuestos Internos. En papel, la arquitectura se ve coherente. En la práctica, el nivel de coordinación real entre estos organismos ante un incidente de magnitud está aún por probarse.

Lo que Cyber Tatanka enseña, más allá de las habilidades técnicas, es que la ciberdefensa efectiva no depende sólo de tecnología ni de normativa: depende de personas que ya han practicado responder bajo presión, que conocen a sus contrapartes, y que saben qué hacer cuando los sistemas fallan. Esa es la capacidad que Chile está construyendo, ejercicio a ejercicio, con una regularidad que merece más atención de la que habitualmente recibe.

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