Por: Sébastien Dubé
Ph.D. Ciencia Política

1. Los hechos y las señales

A mediados de mayo, el presidente estadounidense y el presidente chino Xi Jinping se reunieron durante tres días en Beijing. Una semana después, el mismo Xi se reunía con Vladimir Putin y, en el Caribe, una delegación de altos funcionarios de Estados Unidos se reunía con altas autoridades del régimen cubano.

Todos estos países tienen disputas mayores o han tenido conflictos de alta magnitud en un pasado no muy lejano. Sin embargo, se reúnen, dialogan y negocian.

Mientras tanto, en América Latina, un esbozo de las dinámicas diplomáticas actuales entre varios países y a nivel regional revela una situación deplorable por la incapacidad de los líderes —tanto de izquierda como de derecha— de superar las divisiones ideológicas y ver más allá de sus intereses nacionales inmediatos.

A modo de ejemplo, en este momento México y Perú no tienen relaciones diplomáticas. Ecuador está en medio de una especie de guerra arancelaria con Colombia. El presidente colombiano Gustavo Petro entró en conflicto con su par boliviano por una intromisión absolutamente contraria a la tradición diplomática regional. Por supuesto, lo había hecho antes en otros casos, como en Chile. Las relaciones entre Brasil y Argentina son comparables a las que tenían Javier Milei con Gabriel Boric. Costa Rica y Panamá intercambian declaraciones inamistosas por controversias comerciales. Y queda por ver si Chile y Bolivia reanudarán sus relaciones diplomáticas, poniendo fin a una situación absolutamente anacrónica en el hemisferio.

Lo más interesante de ese esbozo es observar que varias disputas involucran a países socios de bloques regionales que, si bien nunca alcanzaron plenamente sus metas comerciales, se habían consolidado. Ahora no se observa una movilización de los demás miembros de la Alianza del Pacífico, del Mercosur, de la Comunidad Andina de Naciones o del Sistema de Integración Centroamericano para liderar procesos de resolución de controversias.

2. Los impactos

La incapacidad de los países de la región de resolver y canalizar sus controversias por vías institucionales y con altura de mira tiene un sinnúmero de consecuencias. Primero, obliga a concentrarse en temas inmediatos a expensas de la construcción de agendas amplias de cooperación con visión estratégica. Segundo, debilita las organizaciones regionales que ya de por sí nunca fueron altamente sólidas y estables. Tercero, demuestra que los líderes de derecha no se diferencian de los líderes de izquierda a los que acusaban —una década atrás— de ideologizar inútilmente organizaciones como la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR), al punto de dejarla agonizante.

El caso de la UNASUR es particularmente ilustrativo del declive desastroso de la diplomacia regional en América Latina. Hoy en día, nadie sabe con claridad si esa organización murió o si sus estatutos jurídicos la mantienen viva sobre el papel. Sin idealizar el pasado, por más reciente que sea, vale la pena recordar que la estructura de la UNASUR permitió destrabar pacíficamente conflictos internos en Bolivia y Ecuador, así como entre Colombia y sus países vecinos en momentos de alta tensión. Por supuesto, se la recuerda por sus fracasos, y con razón, particularmente frente a Venezuela. Pero, ese fracaso lamentablemente esconde instrumentos valiosos, como medidas de fomento de la confianza e instancias que facilitaban el diálogo y la cooperación.

Sin embargo, más allá del estancamiento a nivel de relaciones bilaterales o regionales, lo más preocupante termina siendo la total irrelevancia de América Latina como bloque en el escenario global. Para retomar la expresión del primer ministro canadiense Mark Carney en el Foro Económico de Davos de principios de año, en la geopolítica actual, si uno no está en la mesa, está en el menú. Ahora, como región, América Latina se dirige más hacia el matadero.

3. Escenarios de riesgo y oportunidades

La irrelevancia tiene pocas ventajas. En lo inmediato o a muy corto plazo, no garantiza evitar sanciones, críticas o intervenciones; al contrario. A mediano plazo, uno de los mayores riesgos para países como Chile y Argentina podría ser el fin del Tratado Antártico. ¿Estos países tienen claridad acerca de las ventajas del statu quo y están en condiciones de movilizar a sus países amigos en una estrategia de posicionamiento geopolítico clave para las próximas décadas?

La región ha conocido experiencias de cooperación diplomática exitosa. El involucramiento de Sudamérica, México, Panamá y Costa Rica en la resolución de las guerras civiles centroamericanas de la década de 1980 sigue siendo el mayor ejemplo. A nivel nacional o incluso personal, varios países, diplomáticos o juristas latinoamericanos han dejado huella en el sistema internacional en momentos clave. Es decir, América Latina no está condenada a la irrelevancia en el escenario global, para nada.

Ahora bien, todo indica que la próxima persona que liderará el sistema de las Naciones Unidas será de América Latina. Es poco probable que esa persona sea el candidato de Argentina, dada su agenda en materia de energía y armamentos nucleares. El escenario nos deja con dos grandes candidaturas: Michelle Bachelet y Rebeca Grynspan. Gane quien gane, habrá una oportunidad de redorar la imagen de América Latina a nivel global. Pero, para eso, se requerirá mucha voluntad política y la capacidad de los líderes de la región de superar sus objetivos partidarios y cortoplacistas.

La pugna geopolítica actual a nivel global es feroz, pero incluso sus contrincantes se reúnen porque saben que son interdependientes. Es una lección clave para una América Latina que —con sus enormes recursos naturales, energéticos, minerales y agroindustriales— tiene que elegir entre la cooperación estratégica y geopolítica o la mayor irrelevancia de su historia diplomática.

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