José Antonio Kast asume el gobierno en un escenario donde defensa, seguridad interior, control fronterizo e infraestructura crítica empiezan a superponerse. Su programa, su aproximación al caso del cable submarino con China, su acercamiento político a Donald Trump y los diagnósticos de analistas y centros de estudio muestran que su principal desafío no será endurecer el discurso, sino ordenar una arquitectura estratégica capaz de responder a amenazas híbridas sin desdibujar el rol de las Fuerzas Armadas. 

La primera dificultad del nuevo gobierno será doctrinaria. El programa de Kast y sus propuestas de campaña han insistido en blindaje fronterizo, despliegue de Fuerzas Armadas, combate al crimen organizado y recuperación del control territorial. Su sitio oficial resume esa orientación al plantear el “Escudo Fronterizo” con despliegue militar en la frontera, mientras el análisis comparado elaborado para TIRONI y la Universidad de Chile ubica a Kast entre las candidaturas que concentran una parte especialmente alta de su agenda en seguridad y que privilegian el control fronterizo y el uso de Fuerzas Armadas dentro del eje de orden público y defensa. El problema político-estratégico es evidente: una cosa es reforzar soberanía y vigilancia; otra, convertir a la defensa en extensión permanente de la seguridad interior. 

Ahí aparece el primer desafío de fondo: delimitar con precisión la frontera entre defensa nacional y seguridad pública. Si Kast empuja una expansión del rol militar en frontera, infraestructura crítica o apoyo al control interno, necesitará reglas de empleo, mando político claro, coordinación con policías y resguardos institucionales para evitar que las FF.AA. queden absorbidas por funciones para las que no fueron diseñadas como misión principal. El propio informe comparado señala que en su programa sobresalen conceptos como recuperación, crimen organizado y control fronterizo, lo que confirma una visión de seguridad muy centrada en restauración del orden y presencia estatal coercitiva. 

El segundo desafío será pasar de la consigna fronteriza a la capacidad operativa real. El problema del norte no se resuelve solo con voluntad política ni con una señal de dureza. Requiere vigilancia persistente, inteligencia táctica, interoperabilidad, sensores, movilidad, coordinación interagencial y continuidad presupuestaria. En la presentación del “Plan Escudo Fronterizo”, el comando republicano habló de una fuerza de tarea interagencial con dimensiones terrestre, marítima, aérea, espacial y de ciberseguridad, una formulación ambiciosa que eleva de inmediato la vara de implementación. Si el gobierno no logra convertir esa promesa en una estructura operativa sostenible, el riesgo es que la frontera siga siendo una vitrina política más que un sistema efectivo de control. 

El tercer desafío está en la inteligencia y la anticipación estratégica. La agenda de Kast se apoya en la idea de un Estado que recupere control frente a redes criminales, amenazas transnacionales y crisis migratoria. Pero eso exige más que endurecimiento penal. Exige inteligencia integrada, análisis prospectivo, protección de infraestructura crítica y capacidad de lectura del entorno geopolítico. El informe TIRONI-U. de Chile identifica precisamente que su programa combina control-sanción, prevención y orden público y defensa, con foco en crimen organizado, fronteras y Fuerzas Armadas. El desafío, por tanto, será evitar una inteligencia reducida a persecución táctica y construir una capa superior de inteligencia estratégica útil para defensa, relaciones exteriores, ciberseguridad y protección de activos sensibles. 

El cuarto desafío será administrar la disputa entre Washington y Beijing sin comprometer autonomía estratégica. El conflicto político por el cable submarino con China dejó en evidencia que Kast no asumirá en un contexto diplomático neutro. Reuters reportó que la transición se tensionó por la presión estadounidense sobre ese proyecto, y citó al analista Guillermo Holzmann advirtiendo que el nuevo gobierno deberá maniobrar en un panorama geopolítico cada vez más complejo, marcado tanto por la estrategia de seguridad de Estados Unidos en la región como por la influencia china en América Latina. En otras palabras, la defensa chilena ya no podrá pensarse solo desde la frontera terrestre o el orden interno: tendrá que incorporar infraestructura digital, inversión extranjera, telecomunicaciones y resiliencia tecnológica. 

Ese punto conecta con un quinto desafío: definir qué entiende Kast por soberanía en el siglo XXI. Si la discusión sobre defensa se limita a zanjas, despliegues y expulsiones, el gobierno llegará tarde al problema central. Hoy soberanía también significa control de datos, seguridad de cables, resguardo de puertos, ciberdefensa e inspección de inversiones en sectores sensibles. Un análisis de Clapes UC publicado antes de la cita de Kast con Trump en Miami advertía precisamente que en esa conversación podía emerger el modo en que Chile evalúa riesgos asociados a la inversión extranjera. Eso sugiere que el nuevo gobierno enfrentará una decisión estratégica mayor: si mantendrá la tradición chilena de apertura casi automática o si avanzará hacia filtros más severos en infraestructura crítica. 

El sexto desafío será transformar la cercanía con Trump en cooperación útil y no en alineamiento reflejo. AP informó que la presencia de Kast en la cumbre “Shield of the Americas” en Miami fue leída por analistas como una señal de alineamiento importante con Washington. Ese acercamiento puede traducirse en ventajas concretas: cooperación en crimen transnacional, inteligencia, control fronterizo y seguridad hemisférica. Pero también puede tensionar la política exterior chilena y reducir márgenes de maniobra frente a China, principal socio comercial del país. En defensa, ese equilibrio será decisivo: una asociación estrecha con Estados Unidos puede fortalecer capacidades, pero un alineamiento sin calibración podría encarecer costos diplomáticos, económicos y tecnológicos. 

El séptimo desafío será financiar la ambición estratégica. Reuters y otros medios han descrito que Kast llega con una agenda de recorte del gasto, desregulación y disciplina fiscal, al mismo tiempo que promete un Estado más fuerte en seguridad, migración y control territorial. Esa combinación es políticamente atractiva, pero administrativamente exigente. La defensa necesita continuidad de inversión, no solo anuncios. Si el gobierno prioriza ajuste fiscal sin una programación clara de capacidades, la promesa de reforzar fronteras, inteligencia, infraestructura crítica y presencia estatal puede quedar atrapada entre el relato de mano dura y la insuficiencia presupuestaria. 

El octavo desafío será gobernar con un Congreso que obliga a negociar. AP subraya que los primeros cien días serán decisivos y que el oficialismo necesitará acuerdos para empujar sus principales proyectos. Eso importa especialmente en defensa, donde varias transformaciones relevantes —marco de inteligencia, funciones de apoyo militar, infraestructura crítica, controles a inversión estratégica— requieren base legal y validación política. Un gobierno que llegue tensionado con el sistema político puede tener discurso, pero no necesariamente instrumentos duraderos. 

En definitiva, el principal reto de José Antonio Kast no será demostrar dureza, porque esa credencial ya la instaló en campaña. Su verdadera prueba será demostrar conducción estratégica. Deberá decidir si convierte a la defensa en una política de Estado orientada a capacidades, inteligencia, soberanía tecnológica y protección de infraestructura crítica, o si la reduce a un apéndice de la agenda policial y migratoria. Los antecedentes disponibles —su programa, el énfasis en control fronterizo, el episodio del cable chino, la aproximación a Trump y los diagnósticos de analistas— indican que su administración debutará justo en el punto donde se cruzan seguridad interior, competencia entre potencias y redefinición del interés nacional chileno. Ahí estará su examen real

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